
Juan José Carabantes y Silva. El Chato. En Aluche es conocido así. Y nadie se lo explica.
En la esquina de Illescas con Camarena. En el árbol más alto. Suponen que lo ha hecho esta noche. Suponen que lo ha hecho él mismo. Pero la policía pregunta y analiza.
El Chato no podía aguantar más. La vida se le había vuelto en contra. Él no pudo asumir el “desliz” como ella lo llamaba. Se había acostado con un antiguo amigo de la adolescencia que ahora es taxista. El Chato los pilló. En su propia casa. Un día que tenía diarrea y volvió a media mañana a casa. Estaban los dos en la cama: Carmela y el puto taxista. Estaban desnudos. Hechos un amasijo de cuerpos sobre la cama. Estaban como dos fieras en celo. Y el Chato se quedó blanco y la mierda líquida chorreó por sus piernas. Hasta el suelo. El Chato no sabía nada. El Chato era de los pocos habitantes de Aluche que no sabía que Carmela se acostaba con Toño. Ellos se quedaron parados. El Chato se dio la vuelta. Sin decir nada. El Chato salió de su casa. Carmela le seguía diciéndole cosas. Pero el Chato no oía, no sentía. Y bajó a la calle. Andaba. Como un zombie. Y la mierda seguía chorreando. Rebosaba de sus zapatos y salía dejando dos líneas verdosas. Carmela no pasó del portal. Volvió al piso. Y Toño le dijo: vístete que estás desnuda. Él ya se había vestido. Él le dio un beso en la mejilla izquierda y se fue. Carmela rompió a llorar. Y, como había dejado la puerta abierta, entró su vecina Lucy. A consolarla. Ya verás que todo se arreglará. Tampoco has matado a nadie. Y al Chato nadie fue a consolarlo. Hasta que una gente llamó a la policía. Y fueron a preguntarle qué le pasaba. Y el Chato no decía nada. No oía nada. Seguía andando. Arrastrando los pies, dejando sus regueros de mierda. Y lo pararon. Un policía se puso delante de él. Y le dijo que iban a avisar a una ambulancia. Y el Chato dijo sí, una ambulancia. El mundo, la vida y su intestino habían dejado de tener sentido. Y se lo llevaron en la ambulancia. Los policías preguntaron a los vecinos. Y se aclaró lo que había pasado. Y los policías fueron al Gómez Ulla. Le explicaron al médico lo que los vecinos les habían dicho. Y, ya que le habían cogido una vía en el brazo, aprovecharon para meterle un diazepam. Y llamaron a Carmela para pedirle que llevara ropa limpia para el Chato. Y, cuando llegó Carmela, hubo risitas entre el puto médico y dos auxiliares hijos de la gran puta.
Y ese día el Chato no habló. Carmela sí. Le explicaba y le juraba. Y le pedía perdón. Pero el Chato no oía. No oía. No oía.
El Chato se había dedicado hasta entonces a trabajar como un burro. A ver el fútbol en el bar y a comentar con sus amigos lo buena que estaba MariCarmen la de los congelados. Tiene unas tetas que no me deja ni vivir. Y a llevar a Carmela a todas partes con el Opel Corsa. Como si fuera un imberbe. Ajeno a la realidad de la vida. Ajeno a las peticiones de Carmela para ir al teatro alguna noche. Ajeno a las ganas de Carmela de invertir los 18.000 euros que tenían ahorrados en algo que les diera un interés, aunque fuera poco. El Chato había vivido como un gilipollas. Con sonrisa de tonto en su cara de tonto. Hasta que ese día de navidad la vida le pegó una hostia. En toda la cara. Y desde entonces el Chato ya no era el mismo. El Chato ya no salía. Y las pocas veces que lo hacía siempre oía las risitas. Como una mañana temprano que iba para la fábrica y oyó las risas. Y se cagó en todo lo que se meneaba, pero en la calle no había nadie. Y el Chato se rayó todavía más.
Su amigo Manuel fue un día a buscarlo a casa. Y lo llevó a un bar. Fuera del barrio. Y le dijo deja a Carmela. Mándala a la mierda. Te ha puesto los cuernos. Y tú estás hecho una mierda. No hay derecho, Chato. Mándala al carajo. Y a vivir. A salir por las noches, a hacer el loco. Hasta que se te olvide todo esta mierda. Y al hijoputa ese que se ventilaba a tu mujer, ni te acerques. No te vayas a buscar una ruina. Que les den por el culo a los dos. Y que les duela. Y tú a disfrutar de la vida. Y el Chato dijo sí, Manolín, lo que tú digas. Llevas razón. Eres un amigo.
Y siguió igual. Uraño. Raro. Como ido.
No volvió a dormir con Carmela. Tiraba tres mantas en el suelo del salón. No puedo dormir en esa cama, Carmela. Y Carmela lloraba. Y el Chato no lloraba. El Chato sorbía sus mocos. Y se envenenaba con ellos. Y ni se acordaba de las recomendaciones de su amigo Manolín.
El Chato intentó emborracharse. Cada día. No quería estar colocado. Quería estar tan borracho para no tenerse en pie. Quería estar tan atontado para que le robaran el dinero por la calle. Quería estar tan borracho para cruzar sin mirar y que lo atropellara el taxi. El taxi de ese hijoputa. El taxi que conduce el que se folló a Carmela. Ese mismo.
Y quiso matar a Carmela. Quiso destrozar su propia vida. Se imaginó en la cárcel. Entre hijoputas que le pegaban cada día. En la cárcel muerto en vida, atrapado entre barrotes. Quiso imaginarse el Chato cosido a puñaladas en un patio.
Se imaginó en lo alto de una torre Kio. La que fuera de las dos. Se imaginó lanzándose al vacío. Se imaginó como esas ballenas varadas dando bocanadas. Se imaginó la paz al ver acercarse el suelo.
Y se emborrachó. Muchos días. Seguidos. Estuvo borracho tanto tiempo que creyó que su cabeza explotaría. Pero no explotó. Y no lo atropelló el hijoputa ni otros coches. Iba borracho, pero no se caía. Iba borracho, pero conseguía volver a casa de madrugada. Y se acostaba en las mantas. Tampoco pudo matar a Carmela. Cuando quería estrangularla en la cocina, por detrás, los ojos se le llenaban de lágrimas al Chato. Y no podía hacerlo. Lo mismo cuando intentó apuñalarla. No podía. Se le quedaba el brazo duro, duro como una piedra. Y no podía moverlo. No podía matarla. Y se iba a sus mantas a llorar. Hasta que se hacía de día.
Pero el Chato subió a la torre Kio de Realia. A la última planta. Se lo curró y engañó a todos los de seguridad. Engañó a los de la última planta. Pero la puta ventana no se abrió. No se abrió. Y el Chato lloraba. Con lágrimas que caían por su cara y mojaban su camiseta. Sentado en el suelo lloraba. Porque la ventana no se abría. No se abría. La puta no se abría.
Como un zombie. Así ha estado el Chato estos meses. Carmela consiguió que fuera al médico. A la psiquíatra. Y estaba tomando pastillas. Eso sí, seguía sin hablar con Carmela, pero un día sonrió.
Y esta mañana, de golpe, sin que nadie lo esperara, hala! Ahí ha quedado colgado del árbol. En calle Illescas. Ahora que había sonreído. El hijo pequeño de Paloma. Con cuatro añitos y no hacía más que señalar con su dedito. Hasta que Paloma ha mirado. Y ha dado un grito. Un grito que ha estremecido a casi todos los vecinos de la calle. Un grito inútil porque el Chato ya estaba tieso.





